Perú y Bolivia se unen para salvar a la rana gigante del Titicaca

Especie en peligro

La percepción sobre los anfibios ha comenzado a cambiar entre los pobladores de Titicaca, pero muchas veces, demasiadas, las necesidades económicas los obligan a modificar sus prioridades. La demanda es alta, la venta de ranas origina un ingreso extra al que se hace difícil renunciar, y las ranas terminan viajando en cajas de varios pisos rumbo a las grandes ciudades del país.

Por uno u otro camino, el resultado es el mismo: miles de ejemplares son extraídos anualmente del lago navegable más alto del planeta y la extinción acecha a varias especies. Es el caso de la rana gigante del Titicaca (Telmatobius culeus), que desde 2016 aparece ubicada en el apartado en Peligro Crítico dentro de la Lista Roja de Especies Amenazadas que elabora la Unión Internacional de Conservación de la Naturaleza (UICN). Se trata de la rana exclusivamente acuática —es decir, que nunca emerge del agua— más grande del mundo, y el volumen de su comercio no es el único problema que padece: la contaminación de la superficie lacustre y el cambio climático aportan porcentajes importantes de amenazas.

Pero como en tantos otros casos, la ciencia se ha puesto al servicio de la especie, y la batería de medidas puestas en marcha desde hace algo más de una década —cría y reproducción en cautiverio, acciones políticas, educación ambiental, entre otros— comienzan a dar sus frutos.

La realidad, hoy, aparece rodeada por una aureola de esperanza: 2019 ha traído buenas noticias de cara al futuro. “Mi grado de optimismo mejoró en los últimos tiempos. Veo señales positivas”, afirma Roberto Elías, profesor investigador de la Universidad Cayetano Heredia de Lima, Director del programa de conservación en Perú del Zoo de Denver (Estados Unidos) y uno de los mayores conocedores de la problemática de estos peculiares anfibios.

En la otra orilla del lago, Teresa Camacho comparte la misma ilusión. Directora del Centro K’ayra de Investigación y Conservación de Anfibios Amenazados de Bolivia, se apoya en una herramienta que considera vital para torcer la historia de la especie: la puesta en marcha del Plan Binacional para la conservación de la rana gigante del Titicaca, firmado por los gobiernos de Perú y Bolivia en noviembre de 2018.

“Es más fácil funcionar en equipo que por separado”, dice esta joven bióloga que es también Jefe del departamento de Herpetología del Museo de Historia Natural Alcide d’Orbigny, la institución de Cochabamba que acoge al Centro K’ayra. “Hasta ahora no sabíamos muy bien lo que estaban haciendo del lado peruano. La idea es unirnos para investigar juntos y generar datos e información que nos sirvan a todos”, afirma.

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