El caso de Jeanine Añez, por Álvaro Vargas Llosa. Si Jeanine Añez, la expresidenta de Bolivia, fuera una mujer de izquierda, ya sería una “causa célebre”, razona en esta columna Álvaro Vargas Llosa.

Jeanine Añez Álvaro Vargas Llosa

Por Álvaro Vargas Llosa

Por ser cristiana y conservadora (con algunas de cuyas ideas, me apresuro a añadir, no estoy de acuerdo), su reciente sentencia de diez años de prisión a manos de un gobierno cada vez más dictatorial liderado por Luis Arce, un títere del presidente Evo Morales, aliado cercano de Cuba y Nicaragua— ha generado menos furor internacional del que debería.

Es una presa política y el caso en su contra (se le acusa de haber tomado el poder ilegalmente en 2019) es grotesco desde cualquier punto de vista.

Aquí están los hechos. En 2019, después de haber anulado las limitaciones constitucionales y legales para postularse a un cuarto mandato consecutivo, Evo Morales cometió un fraude electoral según la Organización de los Estados Americanos, el organismo hemisférico que fiscalizó el controvertido proceso.

Desencadenó protestas masivas y una respuesta violenta por parte de los aliados de Morales. En el caos que siguió, Morales renunció y huyó del país. La línea de sucesión constitucional ordenaba que el titular del Senado asumiera la presidencia.

Renuncia

Desde que renunciaron el presidente y el vicepresidente del Senado, aliados del gobierno caído, la segunda vicepresidenta, Jeanine Añez, asumió la presidencia del Senado y como tal asumió la presidencia de Bolivia en noviembre de 2019. Instituciones de Bolivia, incluida la Asamblea Legislativa y el MAS, el partido que había perdido el poder, la reconoció como gobernante legítima.

Como presidenta interina, estuvo a cargo de presidir nuevas elecciones. Después de algunos meses de retraso debido a la pandemia, las elecciones se llevaron a cabo al año siguiente. Entregó el poder a su sucesor, quien resultó ser un aliado de Evo Morales y miembro del MAS.

Constitución

La conducta de Añez, se piense lo que se piense de su política, fue constitucionalmente impecable. Por ello ha sido castigada en un acto de venganza que ha violado normas constitucionales y legales.

Según la constitución (escrita por el MAS de Morales), como ex jefa de estado, tenía derecho a ser juzgada por la Corte Suprema; en cambio, fue juzgada por un tribunal inferior y ni siquiera se le permitió asistir a su juicio. A pocos días de la sentencia, Evo Morales reconoció públicamente que el proceso fue ordenado y controlado por sus aliados políticos.

Recordemos lo que precedió a los eventos de 2019. El Sr. Morales asumió la presidencia en 2006 bajo una constitución que no permitía que el presidente se presentara a la reelección. Siguiendo el guión “chavista” de la izquierda radical populista, Morales cambió la constitución y fue reelegido en 2009.

Cuando decidió postularse para un tercer mandato, el tribunal constitucional, ahora bajo su control, dictaminó que el primer mandato de Morales no contaba porque había tenido lugar bajo una constitución diferente. Unos años más tarde, decidió que un cuarto mandato consecutivo sería bueno. Llamó a un referéndum nacional con la ayuda de la Asamblea Legislativa, que aprobó una ley para habilitar el proceso.

Rechazo

Los votantes bolivianos lo rechazaron. Eso debería haber terminado la discusión, pero Morales, a través de sus aliados, pidió al Tribunal Constitucional que dictaminara que, según el derecho internacional, tenía un “derecho humano” a ser reelegido indefinidamente.

Ese organismo, uno de los muchos instrumentos del gobierno autocrático de Morales, debidamente lo autorizó a postularse para un cuarto mandato. Para entonces, Morales era impopular entre millones de bolivianos; la posibilidad de una victoria legítima era remota.

Cuando la primera vuelta de las elecciones mostró que estaba lejos de una victoria absoluta y tendría que enfrentarse con el expresidente Carlos Mesa en una segunda vuelta que seguramente perdería, diseñó el fraude que desató la crisis.

Bajo cualquier estándar, Morales debería haber sido juzgado y enviado a prisión. En cambio, ahora se jacta abiertamente de que sus títeres han sentenciado a Jeanine Añez, quien pasó quince meses en prisión en espera de juicio, a diez años tras las rejas.

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